jueves, 29 de enero de 2009

La cita

Me viste.
Leías un libro de hojas pausadas.
De espaldas a ti,
no te encontraba.

Reíste.
Tu pose ligera te delataba.
Dejé de existir.
Sólo soñaba.

Sentiste.
Dos pájaros grises nos saludaban.
No estaba allí.
Estaba en tu alma.

domingo, 25 de enero de 2009

El señor Herr Maurer no está en casa (III)

No mostró Frau Herzig perturbación alguna ante la sentencia de su señor. De forma paciente y discreta, durante años había contemplado con naturalidad todas las excentricidades de Herr Maurer. Jamás se pronunció ante nada. Y, por descontado, esta vez tampoco se atrevió a hacer ningún tipo de comentario. De hecho, mientras fregaba baldosas con fervor, se dio cuenta Frau Herzig de que pocas palabras había articulado en aquella casa. A su silencioso servicio le respondía un sordo patronazgo. Desayunos callados y almuerzos mudos equilibraban una convivencia puramente formal. El ama, no obstante, se encontraba a gusto trabajando para Herr Maurer. Como señor, éste sólo exigía calma y obediencia. Otros aspectos, como la puntualidad o la temperatura del té, le resultaban totalmente secundarios.
Frau Herzig suspiró. En su sencillez, se sentía afortunada limpiando los suelos de un hombre extravagante.

Cuando, tres horas más tarde, consideró Herr Maurer que había descansado lo suficiente, lo llevó hasta la cocina el primitivo impulso del hambre. Encontró allí a una afanosa Frau Herzig, llorando la muerte de unas cebollas. Ante las firmes palabras del amo, no pudo la mujer evitar reírse. En primavera, Gustaba Herr Maurer de desayunar fresas con leche. Al no verlas servidas en la mesa, una desilusión infantil apagó su rostro. Preguntó a Frau Herzig cómo, estando tan avanzado el mes de mayo, no había conseguido fresas en el mercado. La criada sonrió con indulgencia, sin atreverse a responder. Observó entonces Herr Maurer que su nuevo calendario se desmoronaba.

miércoles, 21 de enero de 2009

El Señor Herr Maurer no está en casa (II)




Realmente, no le importaba a Herr Maurer nada de todo esto. No era especialmente consciente de su avidez por el desorden y pocas veces recordaba Herr Maurer su odio por el tiempo. Herr Maurer era un erudito en la distracción y, en aquella mañana de Año Nuevo, ni siquiera reparó en que seguía siendo Herr Maurer. El marcial compás de su reloj lo devolvió al decurso de los minutos. Fobia matinal. Tiempo inexorable. Herr Maurer ya empezaba a malhumorarse. Por su mente aleteó la molesta fecha. Año Nuevo. Decidió entonces Herr Maurer que se encontraba en realidad a veinticuatro de mayo. Aún más. Dispuso Herr Maurer que toda la semana sería veinticuatro de mayo e inmediatamente, todavía en pijama, así se lo hizo saber a su criada, Frau Herzig.
Era Herr Maurer un hombre de palabras cortas y frases breves. Dos oraciones le bastaron para que una servil Frau Herzig asintiera con sumisión. Se acostó de nuevo Herr Maurer, dejando a Frau Herzig que siguiera con sus quehaceres diarios. Era ahora primavera, y en esa época del año acostumbraba Herr Maurer a dormir hasta tarde.

jueves, 1 de enero de 2009

El señor Herr Maurer no está en casa (I)


Aquella mañana de Año Nuevo, Herr Maurer se levantó con poco entusiasmo. El manto pesado del invierno vienés lo atosigaba de forma angustiosa. Herr Maurer no creía en el paso del tiempo. Además de ser un ácrata, Herr Maurer detestaba la minuciosidad y el rigor temporal que sus coetáneos tanto alababan. Era Herr Maurer un hombre anárquico, y consideraba que el propio orden de los gobiernos se alimentaba de la constancia de los relojes. Para Herr Maurer, tiempo y Estado se daban la mano en un sutil compromiso que, casi de forma deliberada, pasaba desapercibido a los ojos del mundo. Pero aquello no resultaba con Herr Maurer. Tampoco es que él supiera explicar nada de aquello. Sin embargo, sentía Herr Maurer que la ley y el calendario asfixiaban el placer de volverse perversamente primitivo. El caos temporal, incluso el propio caos social, le provocaba a Herr Maurer un placer secreto que apenas podía disfrutar. No era el caos algo fácil de encontrar en Viena. Se veía Herr Maurer privado, con más frecuencia de lo que desearía, de esa droga última y extraña.